Tristeza en la Abundancia

Caminas por un largo sendero, sin saber a dónde te lleva, en un lugar de verdes praderas, lagos refrescantes y luminosos cielos. Cada paso que das es una oportunidad para deleitarte con los paisajes, te sorprendes con lo que encuentras, te fascinas con lo que observas y nada es insignificante.

De pronto, una molestia en las plantas de tus pies, detiene tu andar; tu mirada ya no enfoca más el horizonte, sino que se dirige a tus pies descalzos y doloridos. Por primera vez, te percatas de la ausencia de tus zapatos y reclamas en voz alta tu desgracia: ¡cómo era posible un caminante, con sus pies desprotegidos!

Volviste a mirar tus alrededores para buscar algo con que cubrirlos y caminaste largas horas hasta descubrirlo. Ingeniosamente creaste tus zapatos verdes, atados con ramas de trigo, pero éstos aun no eran suficientes y continuabas afligido.

Tu enojo te cegaba ante la fortuna de tener lo que habías pedido; ya el canto de los pájaros no te arrullaba, el manantial de las aguas no te refrescaba, los cielos eran grises y sentías frío. Por eso te cercioraste de la falta de abrigos sobre tu cuerpo y preguntaste en vos alta ¿cómo podría un caminante caminar tranquilo, sin un ropaje adecuado para el recorrido? Ya no podías inventarte nada para resolverlo, pues tus lágrimas nublaban tus ojos, y tus quejas ocupaban tu pensamiento.

El maravilloso mundo lo habías convertido en un lugar de ausencias, porque hallabas lo que faltaba, lo que no tenías y no querías, olvidándote del aire que respirabas, los frutos que te alimentaban, los prados donde descansabas y las noches en las que soñabas.

Te creías tan desdichado y solo, mientras te desgastabas en la ira de vivir en la dificultad y no entendías el sentido de vivir vacío, sin nadie con quién luchar. Los reclamos y las quejas no cesaban y tu llanto se prolongaba por semanas impidiéndote avanzar, pues sentado te quedabas y no te querías mover más.

Las lágrimas de tus ojos formaron un pequeño pozo, te diste cuenta una mañana en la que, sobre él, viste tu reflejo: ahí estabas, desnudo y un poco sucio, con tus ojos que te miraban, tus manos que te palpaban recorriendo cada rincón de tu entero cuerpo, tus piernas que te habían llevado hasta donde estabas, tus oídos con los que ahora escuchabas, tu boca con la que recién te sonreías y todo tú, sin nada que te faltara para hacer de ese momento, el más feliz.

Después de unos minutos de contemplación, te animaste a levantarte; al volver tu mirada al horizonte encontraste una colina sobre la que se asomaba el sol. Hacia allá te dirigiste, entusiasmado de tener un nuevo rumbo, y con esfuerzo subiste hasta la cima. Estando allí, descubriste a unos metros, un valle habitado por un pueblo, comprendiste que habías estado perdido, pero nunca solo, y que habías creado pobreza en medio de tanta riqueza. En ese momento, por primera vez, Agradeciste.

1 comentario:

Andrea Hurtado dijo...

Hola Catalina,

aunque no tengo la oportunidad de conocerte quiero contarte que esta tarde DIOSITO te hizo mi ángel para que me dijeras lo que quería escuchar, busque una razón para dejar de estar triste y encontré muchas para ser feliz.

gráficas y que Dios te bendiga.

Andrea Hurtado