A eso de las 7 de la mañana, los paisajes vallecaucanos reflejan sus colores con los rayos del sol. Es una mañana perfecta para conocer nuevos y asombrosos espacios naturales.
Tomando la carretera rumbo norte, se abre la ventana del auto para alcanzar a sentir el aire, que aún nos queda; el valle de cañaduzales se va tornando exuberante y toma la forma de árboles y montañas, y el cielo aún sigue despejado.
Ya entrando a la zona cafetera, se observan extensas hectáreas de cultivos de aquel producto de agradable aroma, que ha inspirado a poetas, pintores y novelistas en nuestro país. Si el clima es favorable, pues existen aproximadamente 598 aguaceros anuales, el sol atrae a los turistas hacia una divertida tarde en el Parque del Café, donde la anterior vida cotidiana de las familias paisas puede evocarse a lo largo de un recorrido en medio de franjas verdes y sonidos naturales, que hacen más amena la caminata. La tarde se hace interesante con la cantidad de opciones que se pueden elegir para entretenerse: montaña rusa o acuática, teleférico, show de orquídeas, entre otras atracciones. Antes de irse, se puede degustar el café en todas sus formas: arequipe, brownie, granizado o uno tradicional de marca Juan Valdés garantizada.
Para terminar el día, se toma nuevamente la carretera hacia un pequeño pueblo a sólo 25 minutos del Valle del Cocora. Las franjas verdes ya han sido habitadas por fincas cafeteras, pero los paisajes siguen igual de exóticos. En Salento, se encuentra lo mismo que en la gran mayoría de los pueblos colombianos: una plaza con una iglesia y alrededor típicas edificaciones para la alcaldía, la policía y sobre sus calles se encuentran pequeños negocios artesanales. Antes de continuar, se puede subir al mirador para apreciar y admirar extensos bosques de pinos, el río que atraviesa el valle y grandes montañas que lo circundan. Hay un deleite exquisito con el Valle del Cocora y uno se da cuenta que tenemos un país rico, pero desaprovechado.
El remate es con una de las especialidades de la trucha ó uno de los platos que dan placer al paladar y que calman el hambre de toda una tarde, en alguno de los restaurantes que se encuentran después de los 25 minutos de carretera destapada. En el camino, un niño de 9 años sale a nuestro encuentro. Un rubiecito de ojos claros, con un acento paisa contagiable, quien, durante sus vacaciones, destina el día a vender empanadas de cambray que hace su padre, porque por cada “empanadita” que venda gana 100 pesos, y con esa plata, más otra que tiene ahorrada, piensa comprar el maletín para la escuela. Cuando grande, él quiere prestar servicio militar y lo que más le gusta hacer es trabajar y estudiar. Con este pequeño personaje, no sólo se sentía un alivio inmenso al ver tanta riqueza natural colombiana, sino también tanta riqueza humana.
Sonidos y olores de pinos y eucaliptos, vacas lecheras y altísimas palmas de cera nos hacían sumergir entre una zona que, al parecer, estaba perdida en aquel encantador valle. El agua del río que lo atraviesa y árboles que nacen encima de grandes rocas, conformaron el paisaje hasta el destino final. En el restaurante, una gran cantidad de turistas disfrutaba de su comida, acompañados por música en vivo y atendidos por meseros que, con naturalidad, sabían de verdad lo que es brindar un excelente servicio al cliente.
Ya en la noche, la temperatura ha bajado, pero después de unos aguardienticos para calentarnos, dan ganas de quedarse. Los colombianos radicados en el exterior sólo suspiran: -“Esto no se ve allá hermano”-, y los extranjeros necesitan más rollos para su cámara fotográfica; a ellos no hace falta decirles con palabras, lo que los medios de comunicación no han mostrado al mundo.
El cielo comienza a teñirse de los colores del atardecer y la luna se asoma y da lugar a la noche; quedan más de 2 horas de viaje hacia nuestro Valle del Cauca y ¡toca regresar! El mismo niño, con dinero en mano, nos acompaña de regreso hasta Salento y nos habla de los cuentos que le han echado sobre los misterios de la noche en el Valle del Cocora; nos hace recordar a la Patasola, y a la Llorona, y con su sonrisa, nos dice que estábamos equivocados al pensar que él no era feliz.
Tomando la carretera rumbo norte, se abre la ventana del auto para alcanzar a sentir el aire, que aún nos queda; el valle de cañaduzales se va tornando exuberante y toma la forma de árboles y montañas, y el cielo aún sigue despejado.
Ya entrando a la zona cafetera, se observan extensas hectáreas de cultivos de aquel producto de agradable aroma, que ha inspirado a poetas, pintores y novelistas en nuestro país. Si el clima es favorable, pues existen aproximadamente 598 aguaceros anuales, el sol atrae a los turistas hacia una divertida tarde en el Parque del Café, donde la anterior vida cotidiana de las familias paisas puede evocarse a lo largo de un recorrido en medio de franjas verdes y sonidos naturales, que hacen más amena la caminata. La tarde se hace interesante con la cantidad de opciones que se pueden elegir para entretenerse: montaña rusa o acuática, teleférico, show de orquídeas, entre otras atracciones. Antes de irse, se puede degustar el café en todas sus formas: arequipe, brownie, granizado o uno tradicional de marca Juan Valdés garantizada.
Para terminar el día, se toma nuevamente la carretera hacia un pequeño pueblo a sólo 25 minutos del Valle del Cocora. Las franjas verdes ya han sido habitadas por fincas cafeteras, pero los paisajes siguen igual de exóticos. En Salento, se encuentra lo mismo que en la gran mayoría de los pueblos colombianos: una plaza con una iglesia y alrededor típicas edificaciones para la alcaldía, la policía y sobre sus calles se encuentran pequeños negocios artesanales. Antes de continuar, se puede subir al mirador para apreciar y admirar extensos bosques de pinos, el río que atraviesa el valle y grandes montañas que lo circundan. Hay un deleite exquisito con el Valle del Cocora y uno se da cuenta que tenemos un país rico, pero desaprovechado.
El remate es con una de las especialidades de la trucha ó uno de los platos que dan placer al paladar y que calman el hambre de toda una tarde, en alguno de los restaurantes que se encuentran después de los 25 minutos de carretera destapada. En el camino, un niño de 9 años sale a nuestro encuentro. Un rubiecito de ojos claros, con un acento paisa contagiable, quien, durante sus vacaciones, destina el día a vender empanadas de cambray que hace su padre, porque por cada “empanadita” que venda gana 100 pesos, y con esa plata, más otra que tiene ahorrada, piensa comprar el maletín para la escuela. Cuando grande, él quiere prestar servicio militar y lo que más le gusta hacer es trabajar y estudiar. Con este pequeño personaje, no sólo se sentía un alivio inmenso al ver tanta riqueza natural colombiana, sino también tanta riqueza humana.
Sonidos y olores de pinos y eucaliptos, vacas lecheras y altísimas palmas de cera nos hacían sumergir entre una zona que, al parecer, estaba perdida en aquel encantador valle. El agua del río que lo atraviesa y árboles que nacen encima de grandes rocas, conformaron el paisaje hasta el destino final. En el restaurante, una gran cantidad de turistas disfrutaba de su comida, acompañados por música en vivo y atendidos por meseros que, con naturalidad, sabían de verdad lo que es brindar un excelente servicio al cliente.
Ya en la noche, la temperatura ha bajado, pero después de unos aguardienticos para calentarnos, dan ganas de quedarse. Los colombianos radicados en el exterior sólo suspiran: -“Esto no se ve allá hermano”-, y los extranjeros necesitan más rollos para su cámara fotográfica; a ellos no hace falta decirles con palabras, lo que los medios de comunicación no han mostrado al mundo.
El cielo comienza a teñirse de los colores del atardecer y la luna se asoma y da lugar a la noche; quedan más de 2 horas de viaje hacia nuestro Valle del Cauca y ¡toca regresar! El mismo niño, con dinero en mano, nos acompaña de regreso hasta Salento y nos habla de los cuentos que le han echado sobre los misterios de la noche en el Valle del Cocora; nos hace recordar a la Patasola, y a la Llorona, y con su sonrisa, nos dice que estábamos equivocados al pensar que él no era feliz.
Quién no va a ser feliz en medio de tanta riqueza, con lugares divertidos a donde ir y sobretodo, con un ambiente de gente cálida donde es posible vivir.
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