Radiografía del Miedo al engaño


Inocencio
Con el cigarrillo en la mano, esperaba que llegara, mientras sus ojos se encontraban con toda su historia representada en fotografías sobre la pared. Especialmente se detuvo en la de Ella, en su cálida sonrisa y su belleza de diosa. De pronto, el sonido de la puerta lo sacó del deleite de su ensueño, Hida había llegado. Al verla, rubia y de piel canela, su cuerpo vibraba apasionadamente; al mismo tiempo, una voz retumbaba en su cabeza: -¡No lo hagas!- pero las sensaciones de su cuerpo eran exquisitas y no podía controlarlas.
Hacía una semana, que Hida iba a casa de Inocencio para estudiar inglés; las clases habían tomado la forma de un encuentro casual y divertido, bastante didáctico para aprender. Hida lo disfrutaba tanto como Inocencio, y ahora había otro elemento: la atracción.
Esa tarde, Inocencio encarnó el deseo sin razonar; parecía que su cuerpo se lanzaba a la aventura y él lo seguía. Sin saber cómo, él se encontraba palpando la silueta de una rubia de piel canela, saboreando su perfume, mientras su alma no palpitaba, tampoco vibraba; era su cuerpo que navegaba en la pasión y la novedad. Cuando se percató de que su corazón no respondía, pensó en Ella, la diosa, y la percibió tan cerca, que se detuvo y giró su cabeza. Ahí estaba, silenciosa y presente mirando la escena. Él la miró fijamente y sin razonar le dijo:
-Esto no cambia lo que siento por vos- Sin embargo, Ella se marchó.
Hida comenzó a vestirse sin decir palabra, avergonzada y enojada, mientras Inocencio prendía otro cigarrillo pensando cómo explicarle a Ella que la amaba, y que el deseo lo había encarnado apasionadamente hasta dejarlo sin razón. Tantas veces se había tentad, pero solo esa tarde había elegido aventurar, y precisamente ese día Ella había llegado temprano a casa.
El portazo lo sacó de sus pensamientos; así como había llegado, así se iba la rubia de piel canela; y se encontró sólo en el living, recorriendo con sus ojos los recuerdos hechos fotografías en la pared.
¿Quién había inventado el concepto de fidelidad? Se preguntaba ¿Quién había ordenado las relaciones en monogamias? Luego se distraía, ya que su cuerpo aún tenía la impronta del perfume de Hida, la suavidad de su piel y las vibraciones que le producía. ¿Acaso Ella ya no le atraía? Se cuestionaba; su cabeza parecía una incesante lucha de discusiones entre aquél que la amaba a Ella y aquél que se seducía con el deseo de la aventura. Ambos hacían parte de él y eran la misma persona. Ahora, ya no habrían más clases de inglés, y quizá tampoco habrían más fotografías de Ella sobre la pared.
-Bueno, no es el fin del mundo. Tampoco es un delito. Ella lo entenderá… Tal vez, ella también lo ha hecho- Y esta posibilidad penetraba su conciencia como una daga filosa y cortante. Entendía su error: haberle mentido; seguro eso era lo que más le dolería. Pero ¿cómo sabía que esa tarde iba a ocurrir? Él no lo había planeado. Simplemente, había ocurrido y ahora se debatía entre la culpa y la justificación de su elección.
Antes, las mujeres se presentaban en su vida como momentos saciables de pasión, disfrute, compañía, amistad y cariño. Fue una época de conquista, de relaciones cortas y con un mínimo de compromiso, hasta que la conoció a Ella. Por qué no podría ser nuevamente de esta forma? Como un ir y venir de emociones, sin ningún sostenimiento, sin preocuparse por dar explicaciones. Podría vivir como un hombre soltero, dueño de sí mismo, buscando nuevas experiencias. Como un eterno adolescente. Pero sabía que no era posible: afuera las personas crecían con el ideal de atravesar etapas, encontrar su pareja y construir una vida juntos. Es un asunto socio-cultural, una idea que circula en el entorno y que lo sumerge en sus propios proyectos personales. Para vivir una eterna adolescencia, necesitaría más personas dispuestas a vivir de la misma manera. Y esto era lo que realmente quería?
Su cabeza iba a estallar, mientras la nicotina se incorporaba en sus pulmones. Inocencio sabía que con Ella era diferente; la idea de construir lo atraía, si era con Ella, su diosa. Comprendía que sin afecto, sin amor, el ser humano se convertía en un solitario y amargado ermitaño. Y él amaba y se sentía amado por ella, esto era lo único certero. Tal vez, en unos años, Ella quedaría en su memoria, porque también reconocía la finitud de la existencia; sabía del ciclo vida-muerte-vida que siempre ocurre en el universo.

Ahí estaba Inocencio, por primera vez cuestionándose sobre el amor, la fidelidad y sus elecciones.

Ella
Su alma se desgarraba mientras sus ojos observaban a Inocencio desnudo sobre la delicada silueta de una rubia de piel canela. Ante la escena, quedó paralizada; no daba respuesta alguna. Inocencio percibió su presencia, se levantó y la miró fijamente a sus ojos: -Esto no cambia nada lo que siento por vos- Ella no lo escuchó, pues en su cabeza había un ruido incesante de preguntas sin respuesta. Así que se marchó, sin decir palabra, sin mostrar alguna reacción que indicara su confusión.
-Y es que nadie es dueño de nadie, ni de nada; al final todos somos del todo. En estos tiempos, el deseo se encarna y no hay norma que lo deshaga- Se decía a sí misma. Sin embargo, le dolía. Dolía verlo disfrutar con otra; dolía pensar que en este juego ella no participaba, y tampoco estaba enterada. Dolía el ego, dolía el sueño de la fidelidad, dolía el ideal de ser suficiente e importante para hacerlo feliz y dolía la torpeza de tan soberbia idea.
Mientras caminaba, reflexionaba sobre lo que podría haber faltado o fallado. Y se dio cuenta, que no era ella; eran sus ideas, sus creencias sobre el amor, sus creencias sobre la relación y la fidelidad. La idea de ser incondicional con él, le hacía suponer que Inocencio también tenía que ser así. Su teoría de que sus conductas y su forma de tratarlo merecían un profundo agradecimiento y una constante atención por parte de él. Se daba cuenta, que no era indispensable, que podían haber otras mujeres, y eso no significaba anularse ni que él se anulara en sus brazos; la fidelidad no era un término sobre posesión, era un concepto de claridad y congruencia con sus sentimientos. Ahora entendía que, durante todos estos años, había siguido pausadamente cada una de estas ideas, y era el momento de cambiarlas, olvidarlas y descubrir otras.
Un golpe en su pie izquierdo, detuvo su andar; se sentó en un banco de la vereda, llorando por no haber sido diferente; por desgastarse con idealismos innecesarios. Hasta que sus ojos humedecidos, encontraron un rosal en el jardín de una casa, y dejó de llorar, para contemplar una rosa abierta y otra, próxima a esta, marchitada y con pocos petalos. Con esta nueva escena, comprendió que todo es provisorio, que nada puede ser predictivo, calculado, ni medido; al contrario, todo cambia, se mueve y culmina: nace, crece y muere para un siguiente renacer.

Ahí estaba Ella, sola, y consigomisma: le quedaba su propia compañía. Su existencia era lo único que permanecía, mientras el mundo entero daba vueltas. Se miraba así misma y suspiraba reconociéndose y aceptándose imperfecta.

Ella e Inocencio
Ella regresó la mañana del día siguiente; Inocencio la había extrañado la noche anterior.
Aquél día, pudieron, por primera vez, mirarse a los ojos y hablar de sí mismos frente al otro. Confrontaron ideas, aclararon creencias y comenzaron a desnudarse con palabras; hicieron el amor con miradas, hasta llegar al clímax de su pacto: crecer con lo que había sucedido, morir en lo que habían sido y re-nacer con lo aprendido.

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